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Calor para Puno
“La manta te abriga, pero la casa sigue siendo un témpano de hielo. A menos 7 grados la ropa de tejido polar se quiebra”, dice Joaquín mientras señala las endebles casas desperdigadas por un terreno estéril. En Puno, de una población de 1.25 millones, 49% no tiene agua, 36% no tiene desagüe y 44% carece de electricidad.

 
 

El recorrido continúa en el rancho Pucachupa, donde viven Nidia y su tía abuela Eudosia. Nidia teje bufandas y ponchos en una vieja rueca, instrumento ancestral para hilar la lana, pero ni las bufandas ni las cinco frazadas que empleaban durante  el invierno las protegían verdaderamente del frío.  

Ambas acaban de estrenar el sistema llamado Casa Caliente Limpia, que consiste en modificar la vivienda para instalar un calentador solar de policarbonato. El calor acumulado durante el día es liberado al interior de la vivienda durante la noche. Para conseguirlo tienen que realizar un aislamiento térmico previo y procurar que la vivienda sea lo más hermética posible. A cambio, las familias beneficiadas (la única condición es vivir en Puno, aunque le dan prioridad a las viviendas habitadas por niños y ancianos) se comprometen a aportar piedras, adobes y mano de obra.  

El programa de casas calientes se complementa con las cocinas mejoradas hechas de adobe, placas de metal y chimenea. “Ahora el humo se va para arriba, ya no me hace llorar”, dice Nidia. El 97% de la población rural de la zona emplea cocinas a fuego abierto y las enfermedades por inhalación de humo son una de las causas principales, junto con el frío, de muerte infantil.  En casas como la de Nidia el cambio ha sido rotundo: se ha incrementado en 10 grados la temperatura en el interior de su vivienda y se ha eliminado entre el 70 y el 90% de la contaminación con la cocina mejorada.

Mejores alimentos
Bernardino y Silvia tienen 4 hijos en edad escolar. Se dedican a la ganadería y, ahora, a la agricultura. Es la primera vez que incluyen en su dieta regular acelgas, coliflores, zanahorias o vainitas. Todo florece en el huerto de 100 metros cuadrados que han instalado a unos pasos de la vivienda familiar y que cuidan con devoción. Silvia ha recibido capacitación para  el uso de abonos orgánicos y la cosecha de esta semana ha sido muy buena. Bernardino muestra un ramillete de aguaymantos que luego intercambiará con sus vecinos por algún otro alimento. 

Otra vecina, Simona, ha creado un tipo de abono que piensa comercializar. Los huertos encienden la creatividad de los habitantes de Alto Catacha y los excedentes se han convertido en un ingreso económico alternativo. “La columna vertebral de la economía son las mujeres”, cuenta Joaquín, “son las que cuidan el presupuesto, las que saben dónde invertir a pesar de los grandes problemas de alcoholismo, género, nutrición, educación, higiene y salubridad”.

Un cambio similar ha ocurrido en el asilo Virgen del Rosario de Chucuito, perteneciente al Gobierno Regional. Para alimentarse los ancianos dependían de la caridad de los vecinos. Ahora, gracias a Kusimayo, cuentan con alimentación y productos de higiene diarios. 

“Vemos que los abuelitos están contentos y reciben cuidados en sus últimos años de vida. Todos estos programas son replicables, podrían crecer y podríamos encontrar más asilos y más niños en la región”, dice Laura. 

Hasta ahora, Kusimayo ha llevado calor a casi 400 hogares y se espera que las cifras aumenten en la medida en que más personas se unan a la iniciativa de Laura y Joaquín. 

El escenario se transforma. En las áridas e interminables trochas que unen los poblados, la belleza del paisaje contrasta con la adversidad a la que se enfrentan diariamente los pobladores de esta región. Sin embargo, cada día se ven más familias apilando adobes de barro en la puerta de sus casas, símbolo inequívoco de que pronto el río de la felicidad cambiará sus vidas. 

 

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