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La estela del arco iris
Para Helena, a pesar del desarrollo del país, los problemas que encontró al llegar (alcoholismo, violencia doméstica, abusos infantiles, abandono, desnutrición) se mantienen.  Es cierto que se combaten desde distintos flancos, que existen más iniciativas privadas y públicas, pero el esfuerzo tiene que ser mayor y en conjunto. “Trabajamos en educación y salud porque son los dos pilares que permiten ascender. Hay que abrir los horizontes y sabemos que para los niños en el Perú es complicado”, dice Helena. 

¿Cómo fue, por ejemplo, el futuro de aquellos niños como Margot, niños de la primera generación que Helena crió  cuando llegó al Perú? “Algunas son personas muy estables y otras no encontraron un balance. Eso también es la vida. Yo estoy muy orgullosa de mis hijos peruanos pero sé que cada quien tiene su camino”.

Todos los detalles  de la fundación y el albergue están impregnados de Helena: las construcciones de madera y piedra, los árboles de eucalipto, jazmín y lavanda que conforman un bosque alegre, ángeles guardianes en los techos, coronas de hojas colgadas de las puertas y una sala de reflexión  con un mural pintado por el artista Gam Klutier. Y, por supuesto, niños, muchos niños que llaman en coro a Mamita Helena cuando atraviesa el patio. 

“He vivido y trabajado aquí durante 16 años, pero debido a mi salud y a mi edad siento que ya tengo que pasarle el testigo a la generación siguiente. La fundación tiene que estar en manos peruanas. El Perú al que yo vine no es el Perú de hoy. Cada vez hay más personas que miran con sensibilidad al prójimo. Todos tienen que abrir su corazón a las necesidades”, dice Helena, convencida que volverá al menos tres veces al año porque “este es mi mundo”. 

Todas las mañanas en la Fundación Niños del Arco Iris se abre una puerta roja por donde ingresan niños y jóvenes para estudiar y construir un futuro. Este pequeño pueblo en armonía, donde todo funciona mejor que en el exterior, fue creado a partir del esfuerzo de Helena y también gracias a la coordinación de voluntarios, donantes, colaboradores, profesores, familiares y una junta directiva encargada de gestionar los fondos.  

Sentada en la terraza de la fundación que logró crear a partir de todos estos elementos, Helena piensa durante un momento en cuáles podrían haber sido las claves para conseguirlo.  Siempre se ha dejado guiar por su lado más intuitivo, por una especie de fuerza mayor que le sopla al oído los pasos a seguir. También, y aquí podría estar la esencia,  por una serie de acciones que repite como un mantra: “Mira. Abre tu corazón. Devuélvele a la vida”.

 

 

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