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Entre Kenia y Guatemala
Simone estudió cinematografía y ejerció el periodismo poniéndose detrás de una cámara y grabando documentales que luego eran transmitidos por la televisión holandesa o Discovery Channel. Viajaba por muchos países de África. Llegaba, grababa y, supuestamente, volaba de regreso a Holanda. 

Pero Simone nunca se iba del todo. Se quedaba dando vueltas mentales por esos lugares donde encontraba hambre y desesperación. Una ruptura sentimental coincidió con su deseo de pasar al otro lado de la cámara, de tomar acción, de hacer algo por todas esas personas en situaciones extremas. Entonces viajó a Guatemala, donde se unió al proyecto de huertos educativos de Jolanda.

Lograron sacar adelante el proyecto en Antigua, pero el  entorno era muy inseguro. Por ser mujeres no podían conducir solas un auto  sin que las detuvieran para pedirle documentos o robarles. Simone y Jolanda llevaban spray de pimienta en la mochila. Pero no querían vivir con miedo. No querían morir  por su trabajo. 

Viajaron a Cusco porque una amiga holandesa casada con un peruano las invitó. Coincidieron con una huelga general y no pudieron salir del valle. Así que aceptaron la invitación de la señora de la limpieza a conocer su comunidad,  Sasicancha. En menos de un año Simone y Jolanda fundaron Por eso Perú! Y empezaron a montar el primero de los muchos huertos que ahora tienen repartidos en 11 comunidades por encima de los 3,700 metros de altura.

La labor de Por Eso! Perú
Con su trabajo, Por eso Perú! promueve la recuperación de la pachamama y ofrece una despensa natural de verduras y granos. El excedente de las verduras también sirve como fuente de ingreso a la comunidad  y la nueva alimentación les ofrece notables mejorías a mediano plazo. La idea es capacitar al personal para que la asociación sea autosostenible en un futuro cercano.

“Estamos lejos del asistencialismo porque eso afecta la autoestima. Ellos tienen que cambiar su vida. Si solo das regalos nunca vas a poder cambiar la vida de nadie. Yo, al principio, quería regalarlo todo, pero esa no es la solución”, cuenta Simone. 

El trabajo solidario no es una foto en un pueblo remoto. En la realidad, duermes mal, comes peor, te enfrentas a unas costumbres nuevas en un idioma que no es el tuyo y trabajas todos los días, sin descanso. 

“Tenía una buena profesión, una casa, un buen sueldo y decidí ir por otro lado. Nadie estaba de acuerdo conmigo, ni mi familia ni mis amigos. Pero era mi vida. Ahora todos me han visitado, conocen el proyecto y están más tranquilos”, dice Simone.  

Quizás lo más complicado  del trabajo es mantener el foco en los objetivos del proyecto, en este caso la alimentación saludable de las comunidades. Sobre todo cuando son testigos de los males crónicos de la zona: el alcoholismo, los embarazos no deseados, la violencia doméstica o la falta de educación y de servicios sanitarios. 

Para garantizar la seguridad alimentaria en las comunidades trabajan con los comuneros: construyen invernaderos y siembran los huertos. Además de las clases de agricultura y cocina, muchas veces remodelan las cocinas de los colegios o instalan cocinas nuevas. Una rama del proyecto desarrolla el programa de viviendas saludables, donde los miembros de una familia aprenden a mejorar sus condiciones de vida aislando la zona de cocina de las de vivienda y animales.

A partir del siguiente año, Simone se dedicará a supervisar la transferencia de responsabilidades a técnicos y profesores locales y se concentrará en la recaudación de fondos para ampliar el proyecto. Mantendrá su casa en Calca, donde vive con cinco perros,  y viajará a Holanda de vacaciones. En su tiempo libre emprenderá viaje montaña arriba en busca de nuevas comunidades donde implementar más huertos. Donde solo sopla el viento y no llega más que el frío, ahí estará Simone. 

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