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Cerrar un círculo para abrir otro

De pequeño, en el pueblo siciliano donde nació hace 57 años,  Salvatore pasaba las tardes en una barbería mientras sus padres se iban a trabajar. Le gustaba el trajín de tijeras y cuchillas, y a los 12 años empezó a usarlas. Copiaba los cortes de los artistas que veía en la tele o en las revistas y experimentaba con sus amigos. A los 18 se dio cuenta que tenía vocación  de peluquero y decidió salir del pueblo y viajar para aprender.

“Mi objetivo era crecer, estudiar para ser lo más independiente posible en mi trabajo y en mi vida privada. Me fui primero a Nápoles y después a Florencia, que me pareció una ciudad artística y cosmopolita. Me abrió un mundo. Luego fui a estudiar a Londres y a los 20 años tuve mi propia peluquería”, cuenta Salvatore.

Enseñar, o “intercambiar experiencias” como prefiere llamarlo,  le dio otro rumbo a su vida. Empezó a enseñar en Londres por ofrecimiento de uno de sus profesores y luego abrió su propia peluquería y escuela en Florencia. “Tengo buenos recuerdo de mis alumnos y ellos de mí. Yo cuando hago algo trato de hacerlo bien. La idea de la escuela me gustaba porque era ponerme en contacto con otras personas y compartir”.  

En paralelo, viajaba y realizaba trabajo social en penales, casas de reposo y en una institución para niños con síndrome de Down. Tenía amigos, familia, una vida cómoda, alumnos agradecidos y prestigio. Pero un día sintió la urgencia vital de cerrar un círculo para abrir otro.

Lima, Perú

“Se me ocurrió cambiar de vida. Yo soy un poco gitano. Pensé que era momento de cambiar, pero cambiar por algo totalmente distinto… y gracias a una tijera y un peine puedes hacerlo”. Salvatore sentía atracción por Sudamérica y tenía claro el proyecto: compartir conocimientos con gente que no tiene oportunidades.

Entonces contactó con varias peluquerías a través de Facebook para ofrecer su trabajo de forma gratuita. Algunos se sorprendían. No podían creer que su único interés fuera conocer y aprender de los demás. Viajó por México, Brasil, Bolivia, Ecuador, Colombia imaginando el proyecto que quería llevar a cabo. Llegó al Perú por primera vez en 2009 y en 2011 se instaló. “Es un buen lugar para vivir, muy bueno e interesante. Lo sentí mío y me quedé”, cuenta Salvatore.

Al proyecto se unió su hijo Francesco, de 30 años, también peluquero. Francesco experimentaba con todo tipo de peinados y colores cuando era adolescente. Tenía una vocación incuestionable que desarrolló gracias a las enseñanzas de su padre. Hoy, además de trabajar en su propia peluquería barranquina, dicta clases en Senza Frontiera. “Este proyecto es una experiencia de vida. Me enseña mucho, me hizo ver cosas que no todos tienen la oportunidad de ver. Necesitamos tiempo para descubrir, conocer y desarrollar otras oportunidades”, dice Francesco.

Padre e hijo van dos veces por semana a la escuela y en el camino descubren  historias de vida, historias que cuentan sus alumnas o los vecinos del barrio y les descubren una cara totalmente distinta de Lima. “Aquí hay pocas posibilidades de salir adelante. No hay movilidad, la noche no es tranquila ni segura, no hay oportunidades de trabajo. En algunas zonas recién están poniendo agua y desagüe y estamos a una hora de Lima”, explica Salvatore.

En la clase, los alumnos anotan los consejos para que un rostro cuadrado, corazón o triangular luzca más ovalado. Antes de pasar a la práctica con una voluntaria, Salvatore elabora una teoría simple del color que mejor le sienta a una persona y luego se detiene a conversar con cada alumna. Tiene paciencia y calma. Como en una cadena de favores interminable, Salvatore busca transferir y difundir su oficio: sabe que una tijera y un peine también sirven para cambiar vidas.  

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