El doctor que lavaba carros para ganarse unas monedas a los 12 años siempre tuvo una alto sentido de la perseverancia y una vocación contundente. Estudió Medicina en la Universidad San Fernando de Lima y luego en Minnesota y Colorado, donde conoció a Mary y formó una familia. Vivieron y trabajaron en el Perú durante los años 80, pero volvieron a Estados Unidos expulsados por la violencia terrorista.

“Para qué ser uno más, siempre me ha gustado hacer lo que otros no hacen”, lo dice mientras recorre la clínica, por donde entra la luz a chorros por todas partes, y muestra orgulloso las columnas de colores que definen las distintas zonas: consultorios, habitaciones, cafetería. “Aquí viene mucha gente que no sabe leer ni escribir, por eso cada cosa en esta clínica tiene un color. Para que los pacientes no se desubiquen”.  

Al principio de los tiempos solo tenía un terreno de pastos y ganado de 14 hectáreas cedido por la municipalidad. En 2005 puso la primera piedra, pero tardó algunas años en iniciar la construcción del edificio.  El New School of Architecture and Design de San Diego se involucró en el proyecto y el equipo de arquitectos diseñó una clínica que aprovecha los flujos de aire, movimiento y luz natural. A pedido de Luis, incluyeron también una cafetería con una cocina propia de un hotel cinco estrellas. 

La parte más importante de la inversión ha sido privada, personas anónimas que creyeron en el proyecto, muchos de ellos profesores universitarios y médicos. También hay donaciones específicas. Un convento de Missouri donó 20 camas clínicas nueva porque, al adquirirlas,  las monjas se dieron cuenta que necesitaban otro modelo. Muchas otras personas, sobre todo norteamericanas, donan su tiempo, no solo los médicos que vienen para las campañas sino voluntarios universitarios.

La clínica ha transformado la dinámica de Yantalo. Ahora llegan personas de toda la región para curar a los más pequeños durante las campañas que organizan. Las quemaduras son un mal endémico en la zona. También se presentan muchos casos de labio leporino. Luis Vásquez explica cada uno de los casos desde la terraza de la clínica, desde donde dice haber visto hasta tres arco iris atravesar el cielo. Ha dejado definitivamente Estados Unidos y ahora vigila con la disciplina de un monje cada detalle del funcionamiento y progreso de la clínica. 

Cuando empezó el proyecto no tenía todos los objetivos claros y ni siquiera estaba seguro que podría ver la clínica terminada. Ahora le falta tiempo para buscar en todo el mundo a personas con  posibilidades económicas  dispuestas a ayudar. 

El doctor Luis, como le dicen en el pueblo, se acerca a una vendedora de plátanos asados en la plaza. Sabe de su vida, de las enfermedades o males que aquejan a los suyos, llama por su nombre a las personas que se acercan a pasar el tiempo en compañía.  

Se mantiene fuerte, lúcido y dinámico. Nadie podría adivinar que tiene 80 años. “Yo, afortunadamente, no sé qué cosa es resfriarse”. Vive solo, cocina todas las noches con una copa de vino tinto, conversa con sus hijos por Skype, cultiva aficiones como la arquitectura y la fotografía, da paseos. Son señales, pero nada llega a manifestarse como algo mensurable. 

¿Cuál será el verdadero secreto de ese espíritu jovial y de una  fuerza que parece brotarle del fondo de la tierra? A un ser humano promedio le harían falta muchas vidas para hacer la mitad de las cosas que ha hecho el doctor Vásquez. A él, una le sobra. 

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